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Recuerdos a flote en Ribadelago

Escrito por NorteCastilla.es, on 04-01-2009 00:00

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Publicado el : La Comarca, Últimas noticias

Medio siglo después de la rotura de la presa de Vega de Tera, los testigos revelan claroscuros de una desgracia que diluyó el espejismo de progreso del Franquismo

ARACELI SAAVEDRA| PUEBLA

La rotura de la presa de Vega de Tera dejó una estela de 144 muertos y la desolación de todo el pueblo de Ribadelago. Los recuerdos de medio siglo asoman con toda crudeza cuando se cumple medio siglo de la tragedia. Recuerdos que fueron silenciados por el Franquismo, un régimen que hizo de la inauguración de los pantanos un signo de modernidad y prosperidad económica de la Dictadura. El desastre de la presa sanabresa fue un duro revés en ese espejismo de progreso que no se pudo tapar pese a las amenazas, la censura en los medios de comunicación de la época y los planes precipitados de reconstrucción de un pueblo que hoy aspira a salir adelante.
En la década de los años cincuenta se construyeron 189 presas en España. Entre ellas, el complejo de Moncabril, en el altiplano sanabrés, que abarca una cuenca de 80 kilómetros cuadrados. Más de 2.000 personas trabajaron en unas obras, que ejecutó la empresa Moncabril entre junio de 1954 y noviembre de 1956. Las obras, según César González, trabajador de la misma, «dejaron casi en la ruina a la empresa, que vendió camiones y todo lo que pudo para seguir» y finalizar las tres campañas de trabajo.
 
La documentación que obra en los archivos de la Subdelegación de Gobierno recoge en uno de los informes que la presa proyectada, de contrafuertes de mampostería, no era la más adecuada, aunque sí respondía a un modelo de construcción rápida y de menor coste económico. La noche del 9 de enero de 1959, 8 millones de metros cúbicos de agua, el volumen de la presa que la noche anterior alcanzaba su máxima cota, barrió el pueblo enclavado vertiente abajo. Los muros de piedra de casas, cuadras y pajares sucumbieron a la riada, anunciada y previsible.
 
Francisca Alonso Coco, una de las supervivientes, tenía entonces 21 años. «Esa noche estábamos en una cuadra espadando lino para una señora. Era el sustento de la casa para hacer las sábanas, las colchas, la ropa. Un hombre que estaba con nosotras salió para ver a los niños, que los tenía en casa, allí cerca. Oímos un ruido muy fuerte, como de un huracán, y ya dijo él: esto es la presa que se rompió». Pedro Alonso Seoane y su mujer no volvieron a aparecer, engrosaron el listado de víctimas.
 
Francisca Alonso recuerda que quienes estaban en el pajar salieron como pudieron «a unos picachos allí al lado» y que vieron salir del agua a un hombre «medio inconsciente y en trapos menores». En ese momento «se rompió la iglesia, sentimos otro ruido fuerte». Un vecino, desde el campanario donde se convocaba a concejo, «me oyó y me dijo que no llorara, que mi familia estaba bien».
 
Todos perdieron a alguien
Hermelia Puente Fernández se reunió con ellos en los alto de un picacho «pero se dio cuenta de que había dejado a la vaca atada y que si se llenaba la cuadra de agua el animal no podría salir. Volvió a soltar la vaca, con una hija de la mano y otra en brazos. No las volvimos a ver», rememora la testigo. Edelio Parra Fernández, con quien se casaría meses más tarde, perdió a siete familiares: sus dos padres, cuatro hermanos y el abuelo. «Al romper el día, vimos el puente se había ido». En menos de 25 minutos, el frenético descenso de la avenida de agua desde el alto de la sierra a la cota del Lago sembró el desastre.
 
La psicosis hizo mella en los días siguientes al desplome de la presa. Relata Francisca Alonso que, a los tres o cuatro días de romperse Vega de Tera, salió una mujer a la calle gritando que se había roto la presa de Puente Porto. «Era tal el pánico que había que se presentó el ingeniero y nos dijo que si era necesario se llevaba a todo el mundo al preventorio de San Martín de Castañeda». Con el descalabro, el 15 de enero de 1959 se creó una comisión para investigar el estado de todas las presas de esta empresa, y en particular la de Puente Porto, muy similar.
 
La tarde del día 10 llegaron los auxilios del ejército norteamericano con casas prefabricadas y las raciones de aviación. En un primer momento, el reparto fue directo «hasta que el cura se dirigió al coronel para protestar por aquel desbarajuste. Como el cura era el representante del auxilio social de Cáritas, lo que quería era manejar él», sostiene César González. Así fue cómo la ayuda se concentró en un almacén.
 
Descontento
La documentación recopilada por el equipo de información de la Guardia Civil recoge el descontento de los supervivientes y los comentarios sobre las causas que provocaron la rotura y que apuntan a la falta de control de una obra que ya técnicamente no era la apropiada.
 
Se construyeron solo 20 barracones para albergar a las familias que había perdido la casa, Francisca Alonso se consideró entonces una afortunada. En su casa se conservan varios platos de la vajilla donada por los regantes de Valencia. El mismo patrimonio se conserva en la casa de César González, que si algún día se hace el museo de la memoria quiere donarlos. Las raciones era de pan, queso, galletas, todo enlatado. «El queso era muy fuerte y nos llevaron carne de búfalo», señala esta superviviente.
 
El régimen se esforzó por tapar la tragedia. El Ministerio de Vivienda construyó a toda prisa un pueblo de aire andaluz en plena sierra sanabresa, sin cuadras para el ganado. Por las casas más pequeñas cada propietario tuvo que pagar 60.000 pesetas y por los comercios hasta 100.000. Para Francisca, el pueblo viejo es más sano y más alegre, soleado y emplazado en un lugar menos enfermizo que el norteño Ribadelago de Franco y por eso hace nueve años se construyó una casa en el viejo, como otras familias.
 
La catástrofe conmovió a miles de familias de toda España y del otro lado del charco que, de manera espontánea, mandaron ayuda. En la otra cara de la moneda quedaron patentes la corrupción del régimen y de los intermediarios civiles, militares y eclesiásticos. «La ayuda se centralizaba toda en Zamora, y no todo se envió a Ribadelago». González cuenta que en la oficina de Auxilio Social de Zamora «una de las mujeres vio unos zapatos y dijo que no los podían mandar porque estaban las calles llenas de barro. Los cogió y se los llevó». Los alimentos siguieron el mismo camino. «Mandaban carne al comedor social que montaron en Ribadelago, pero a nosotros nos ponían lentejas y la carne ni la vimos».
 
Proceso
A las nueve de la mañana del 9 de enero de 1959, el juez de Puebla y el secretario comienzan la instrucción del sumario 1/1959. El juicio se celebró en la Audiencia Provincial los días 11 al 15 de marzo de 1963, hubo diez procesados, con acuerdos e indemnizaciones pactadas. El informe del ingeniero de Obras Públicas, Eduardo Torroja, puso de manifiesto la diferencia del coeficiente de elasticidad de la mampostería y el hormigón como una de las causas de la rotura y el desmoronamiento de 144 metros de muro. La Audiencia dio carpetazo tras el indulto en 1970 de los cuatro ingenieros condenados.
   
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Etiquetas : recuerdos, ribadelago, vega, tera, franquismo, sanabria


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Desde Aragón

Escrito por: Aragón () on 24-01-2009 17:37

Desde Aragón

Escrito por: Aragón on 24-01-2009 17:37

Una magnífica oportunidad este cincuenta aniversario de la tragedia de Ribadelago para abordar la temática del agua en esta España donde sigue siendo posible planificar más presas, ampliar las existentes, trasvasar, aniquilar ríos y todo "en nombre del interés general". Recuérdese cómo obró la justicia hacia los culpables de esa presa de Vega de Tera: todos indultados.

 

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